sábado, 20 de octubre de 2007

Antesala

El mundo parecía siempre el mismo. Había en la fiesta una banda que aburría de tanto desafinar. Aunque nadie parecía notarlo. Es que estaban tan bien vestidos, con tantos moños, y hasta mancuernas doradas, que nadie se preguntaba si fueran en realidad músicos o tan solo una fachada.. Nadie desentonaba en ese negro clásico y los instrumentos tomados de manera firme, como si tuvieran miedo de que cayeran y el estruendo de las cuerdas contra el piso sonaran mejor de lo que en realidad lo hacían hasta entonces. El ambiente era más que cálido y calmo, tan solo alguna risotada de vez en cuándo a la que nadie daba mucha importancia. Las camareras llevaban bandejas repletas de saladitos y sanguchitos de miga, además de bocaditos de nuez, apenas algunos de caviar y mini salchichas envueltas en tapas de empanada, que eran sin dudas los más degustados. En una mesa había una imponente fuente llena de camarones que simulaba una de agua por la forma en que estaban puestos. El bar permanecía abierto durante toda la velada hasta que se iniciara el ritual, y la bebida corría libre sin parar. Bebidas alcohólicas al por mayor, agua y gaseosas de gustos exoticos como mandarina y mango. Las bebidas cola habían sido donadas en litros y litros por la empresa líder, que no hacía pública esta caridad. Todos los invitados estaban en riguroso traje y smóking, aunque advertidos por el ritual, llevaban sus bolsos con mudas de ropa deportiva. Algunas veces alguien, envalentonado por las burbujas, pedía un aplauso para la concurrencia y movía su copa para pedir un brindis. Era seguido tan solo por los que se encontraban cerca, ya que la acústica del lugar tampoco era la mejor. Otro detalle que tampoco parecía importar. Lo realmente importante era lo que vendría después. La espera, sin embargo, era calma, nada ni nadie podría arruinar nada, podían romperse las copas, podían desafinar los músicos y hasta alguno de los invitados podía reaccionar e irse dando un portazo, previo insulto a todos los presentes, tal como había pasado alguna vez. Pero nada cambiaba, todo terminaría siempre igual. La puerta del fondo se abriría de a poco, y se escucharían las voces de la gente, gritando, aullando, esperando el golpe final. Se repartirían las armas, en su mayoría los presentes seguían optando por los filos y espadas de antaño (otra de las costumbres que se resistían al cambio) y comenzaría la verdadera fiesta de unos pocos.

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