martes, 3 de julio de 2007

Mala

Fabián esperaba paciente. El departamento era un paraíso en comparación a lo habitual. La cama tenía sábanas limpias, el futón parecía recién comprado, las paredes nunca habían estado tan blancas y la heladera parecía haber traído de fábrica todos los ingredientes ideales para vivir durante un mes. El ambiente era el mejor, un cálido aroma provenía de no una sino varias velas aromáticas de olores frutales y de diferentes maderas. En la cocina se mezclaban en una olla los ingredientes de una salsa principiante. Hacía alrededor de dos horas que Fabián había comenzado con los preparativos en su casa. En cuero y con un jean gastado comenzó a picar cebolla y ajo al ritmo de Store in a Teacup. Haciendo la mímica del cantante de los Red Hot, echó los vegetales picados a una sartén donde un poco de aceite habría de dorarlos. Puso una pequeña cucharada de manteca y agregó también algunas hierbas adquiridas con total ignorancia. Casi al mismo tiempo en una pequeña cacerola algo abollada puso la salsa. Nuevamente volvió a la sartén y echó algunas alitas de pollo, con un poco de crema. “Para impregnar sabores”, se dijo a sí mismo, mientras golpeaba con un dedo en el cinto como si tuviera un bajo entre las manos. También cortó zanahorias y las agregó con champignones a la mezcla del sartén. Al cabo de unos minutos, y con la salsa tibia, echó todo en la misma cacerola a fuego lento. La camisa negra estaba impecable. El pantalón no tenía una sola arruga. Fabián, parado en el medio de la habitación, miró por tercera vez el reloj y trató de ver la hora que quiso. Pero eso, como todos sabemos, es imposible. Volvió a ver la pieza, tal vez algo no estuviese en orden, pero no. Todo brillaba. Las revistas porno habían sido cautelosamente guardadas en el rincón más lejano del placard. La computadora tenía como fondo de pantalla a un simpático cachorrito con ojos de ternura. En los techos no había rastros de aquella enorme telaraña que parecía querer caerle encima durante las noches. Se acercó al monitor y puso ‘random’ en el reproductor. Inmediatamente sonó ‘Una vez más’, de Viejas Locas. Fabián soltó una risa y se convenció a sí mismo “No, esta noche no”. Volvió a la cocina, decidido a poner los fideos en el agua, que ya estaba a punto de dar su primer hervor. De manera prolija cortó uno de los bordes con el enorme cuchillo que había logrado sacar a escondidas de la casa paterna. Luego buscó en el primer cajón, encontró el sacacorcho y fue hasta la mesa para descorchar el vino que había comprado. Un amigo le había recomendado Malbec, por su sabor dulzón. Ninguno de los dos tenía idea en realidad de cómo definir el sabor de un Malbec. El sonido del corcho saliendo de su encierro coincidió con el final de la canción que sonaba entonces (“Parachutes”, de Peral Jam) y con el inconfundible timbre del departamento. Algo ansioso, Fabian intentó serenarse, pasó ambas manos por la cabellera y se acercó con largos y decididos pasos a la puerta. Tomó aire como quien se dispone a un enorme desafió, giró el picaporte y esbozó la mejor sonrisa jamás brindada. –Hola –lo encontró una voz del otro lado de la puerta. Sorprendido por la inesperada presencia de aquella persona, Fabián borró de forma inmediata la sonrisa y dio lugar al pequeño pánico que se comenzó a vislumbrar en sus ojos. Aquella mujer, de cabellos negros y largos, de piel blanquísima y ojos tan oscuros como sus labios, extendió los brazos como si esperara un abrazo. –¿Qué hacés acá? –increpó Fabián. –Pero, che, no es que no me ves hace diez años, ¿me merezco eso en serio? – –No, pero… ¿qué hacés acá? – –Vine. –con total serenidad respondió la mujer. –Vine porque no sé, sentía ganas. – –No, lo que pasa es que… no es un buen… o sea, estoy medio como esperando a alguien – –Si, me doy cuenta. Todo peinado, bien vestido. ¿Y ese olorcito? Mmmhh, parece una salsita, ¿no? –dijo la mujer, al tiempo que se asomaba al interior del departamento. –Si, bueno, intenté hacer –dijo Fabián cuando se dio cuenta de la situación nuevamente. –Pero el tema es ¿qué hacés acá? ¿Por qué hoy? – –No me digas que dudaste qu podía llegar a aparecer –dijo riendo la mujer. Instantáneamente el mensaje en el celular de Fabián. Con total resignación, sacó del bolsillo el infernal aparatito, vio el número de María y el texto: “Perdón!, tngo parcial mña, me kmbiarn la fecha, turros! Jaja, lo dejamos para otro dia, si? Bsos” El tema de fondo es “Call me, Call me”. Fabián se siente algo mareado por la segunda botella de vino. Con la camisa algo desabrochada sentado en el futón ve los platos en la mesa, con restos de salsa y pan. Maldice el random de la música, maldice el gusto de la salsa a la que no le puso sal, maldice que se hayan pegado los fideos y por sobre todo, maldice a la mala suerte que se presentó justo esa noche y que a su lado, rie mientras recuerda la anécdota de cuando los desencontró a propósito en el Parque de la Ciudad hace más de diez años.

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