jueves, 31 de mayo de 2007

2/3

Anoche por tercera vez en mi vida, tuve en línea recta frente a mí a alguien con un chumbo. La primera vez fue en mi fiesta de egresado, por el barrio de Caballito, donde con un amigo sacamos gente que estaba haciendo quilombo -de hecho los sacamos nosotros porque el patova había recibido un sillazo en su nuca- y uno de los pibes se levantó la remera y tenía el arma en la cintura.


La segunda vez es tal vez graciosa, fue durante un Trabajo Práctico de la Facultad, donde hacíamos una fotonovela y teníamos un arma de juguete como utilería. En plena esquina donde la locación era un bar, con una luz y una cámara reflex, nos encontramos con un policía que traía el chumbo en el bolsillo apuntando a nuestro actor principal. Al margen de que nos comimos un proceso judicial, el momento cúlmine fue la llegada de dos patrulleros más (se ve que pidió refuerzos el muchacho al verse intimidado por la cámara) y las frases del azul: "si se hubiera movido un poco lo bajaba con un tiro".


La tercera pensé que no llegaría nunca, y el ámbito nuevamente es educativo, en pleno curso de cine en la calle Callao, en el epílogo de la clase, cuando ya conocíamos para qué usar un lente gran angular, la puerta que se abre de una patada y una vez más, justo hoy elijo sentarme de cara a la puerta, allí está. Un hombrecito de traje azul, al grito de "¡quietos, policía!".

Ahora, lo alarmante de esto, es que de las tres veces, dos fueron policías.

domingo, 27 de mayo de 2007

Mute

Hay días en que sin importar lo que haya pasado anteriormente o el momento anímico en el que me haya dormido, me levanto de malhumor. O tal vez no llegue a tanto, me levanto sin ganas de hablar. Eso no significa que uno esté enemistado con el mundo o con la gente que lo rodea, simplemente no está la necesidad cotidiana de entablar diálogos. No hablados. En esa especie de nube medio rara en la que me puedo encontrar, la gente que está a mi lado o que me rodea de cierta manera puede llegar a tener la sensación de que estoy enojado con ellos. Pero no llega a eso, no es un odio o un enojo hacia el mundo alrededor, solamente son ganas de no hablar. Hace algunos años le dije a mi viejo a modo de comentario que un día iba a cumplir con esas ganas de no hablar con nadie, de hacer silencio un día entero, pero sin estar cerrado a lo que me digan o a lo que tenga que escuchar. No quiero pasar un día de ostracismo, simplemente privar por un día al mundo de lo que tenga para decir o de lo que puedan oír de esta persona. Tal vez es una manera medio extraña de querer demostrarme que el mundo no sería igual sin mis palabras.

Y sí, en el fondo soy muy Miguelito a veces.

jueves, 17 de mayo de 2007

Espacio Off


¿No se mueren de ganas de saber qué está mirando?

Ritual

–Che, Fabiancito... – –Qué querés Oscarcito... – –¿Sabés qué estaba pensando? – –No, no sabía que tenías esa capacidad... – Oscarcito obvió por completo el pequeño chascarrillo de Fabián. Desde hacía un par de minutos estaba impávido, mirando a través del balconcito de la casa de Ángel. Abajo, en medio del barrio, unos chicos corrían tras una pelota. Uno de ellos quedaba rezagado permanentemente, debido a su contextura física, un tanto más robusta que los demás. De vez en cuándo bufaba enojado. –Estaba pensando en cuando me muera... – –¿Qué va a pasar cuando te maten? –A Fabián ya le era difícil disimular un poco su sonrisa. Las comisuras de su boca tendían a apuntar peligrosamente hacia arriba. De vez en cuanto relojaba con la mirada a Oscar. –Estaba pensando que si me muero... te tengo que pedir que hagas algo –dijo Oscar quien volteó la mirada en dirección de su amigo. El rostro de Fabián ya había borrado el intento de sonrisa. Parecía algo serio, y por eso dejó el vaso con gancia en las baldosas del piso del comedor. Afuera ya no había sol, y las luces de los monoblocks y de esos pasillos eran indispensables para que los chicos siguiesen con su partido. –Porque es algo... no sé si importante... pero yo no voy a estar... o sea, voy a estar finadito, en un cajón, o en una bolsa, no sé cómo estaré de guita entonces... – –Si es una cuestión de guita, vos sabés que tengo menos cucarachas que vos, es más, creo que Ángel podría... –decía Fabián, pero fue interrumpido. –No, no Oscarcito, eso no tiene nada que ver. Mirá, en realidad me puse a pensar en qué pasaría si me muero ahora... ¿mirá si me agarra un no sé que coso a la cabeza y quedo planchado acá mismo? –Oscar gesticulaba cuando hablaba, pero ahora no tanto. Se apoyaba el frente de las manos en el pecho, mientras su vista de vez en cuándo se perdía en el cielo semioscuro. Un pequeño pedazo de cielo que podía encontrarse entre algunos pedazos de cemento. –Si te morís ahora, acá, no creo que le importe mucho a la gente... o sea, esta noche debe de haber unos cuantos fiambres por ahí tirados –respondía Fabián, todavía empeñado en darle a la charla un tono más cómico. –Si, eso ya sé, este barrio es como una fiambrería a esta hora –Oscar accedió por un momento a salpicar la charla con ese humor. Justo en el momento en que Ángel, el dueño de la casa, entraba con un limón partido en rodajas, un salero, una botella de tequila y tres pequeños vasos, todo prolijamente acomodado en una bandeja de metal oxidada. Apoyó todo en una mesita de plástico y se sentó a terminar su vaso de Gancia, sin dejar de sentir curiosidad por lo que sus amigos estaban hablando. –Qué pasa con el barrio –dijo desafiante, casi. –Nada, nada, acá el amigo estaba tratando de contar una hipótesis que ronda sobre su cadáver. –dijo Fabián, y nadie se hubiera reído mucho de no ser por el alcohol que ya los tres tenían rondando por las venas y el cerebro. –No, no –dijo Oscar, cerrando los ojos. Se enderezó en la silla, pretendiendo hacer lo mismo con la conversa. Bebió un sorbo de su vaso, que ya estaba medio vacío, y se dispuso a seguir hablando. –Nada, le contaba acá a Fabián, algo que quiero que pase el día que me muera, o ponele que me muero ahora... – –Si te morís ahora, acá, no creo que... –ahora el interrumpido era Ángel. –Si, ya sé, ya sé, pero no viene al caso... mirá, está bueno que estés acá así puedo explicar mejor esto... – –Menos mal que estás acá, porque si no ya seríamos como ocupas –dijo Fabián. –Estaba pensando que, ponele que agarro y me muero ahora, ¿no? – –Si –dijo Ángel, ahora ya dispuesto a seguirle la charla a Oscarcito –Agarrás y te morís, ¿qué pasa? – –Ustedes estarían mal, me imagino –preguntó Oscarcito, dejando de lado el problema principal por un momento. –Un poco –contestó Ángel. –Hecho mierda quedaría –dijo Fabián. Ahora su amigo Ángel, que estaba sentado a su derecha, echó su cabeza hacia atrás, en un movimiento brusco, que evidenciaba una risa. Los amigos estaban sentados formando un triángulo. Oscar tenía a su derecha a Fabián. Ángel tenía a su derecha a Oscar. Pero los tres estaban de frente. –Aunque si me dejás un par de esos compactos que tenés quizás se me pase un poco... –Fabián seguía. –Si, bueno, para eso tengo que hacer unos papeles... ¿y si vos te morís, qué me dejás? –cortó Oscar. –Y, no sé, pero no soy yo el que trajo el jueguito este... – –Y, en casa quedaría sola la nena... –dijo casi en voz baja Ángel. –¡Ah, claro!, la nena, listo, no se hable más... –dijo Oscar, ahora los tres reían un poco estrepitosamente, pero no mucho. Todos aprovecharon para tomar un trago más de Gancia con limón. Había en el piso, decorando buena parte del comedor, envoltorios grandes de Chizitos, papas fritas, palitos, y sobre la mesa grande, un pan lactal grande, abierto, casi vaciado, y varias fetas de distintos jamones, y queso. Todo esto era producto de dos días de estadía en el lugar. Algunas almohadas y frazadas descansaban cerca del televisor, donde también había una playstation. –Siempre sacan a la nena –se quejó en broma Fabián. Nunca le importó mucho que sus amigos hicieran bromas con su hermana. –Bueno, bueno, pero el tema es otro –Oscarcito volvió a cortar el tema. Otra vez se acomodó en la silla, y siguió hablando. –Lo que quiero es que, si yo me muero, vos vayas donde esta mina, y le cuentes esa noticia –dijo Oscar. Fabián, el receptor directo de este pedido, se quedó unos minutos mirándolo, después buscó asimilar algún tipo de comprensión en los ojos de Ángel, pero éste también parecía resignado a la ignorancia respecto del tema que planteaba Oscar. –Claro... o sea, estaría bueno. No sé, no soy vengativo yo, no soy rencoroso. Y vos, reconozcámoslo, sos mucho peor persona que Ángel. – Fabián seguía sin entender, y en la última intervención de Oscar hubo algo que no sonó del todo bien. –¿Cómo? –dijo de pronto. –Mirá, a mi prácticamente me importa un carajo lo que le pase a esta mina, o sea, yo no me siento perdido por ella, ¿no? –la pregunta ahora era para ambos. –Esteee, no sé... no podés negar que hablas bastante de la mina –dijo Ángel. –Pero eso es por una cuestión de nosotros, o sea, yo se los cuento a ustedes porque somos amigos, así como ustedes me cuentan sus cosas, y nos cagamos de risa casi siempre... – –Ahá, ¿entonces? –Fabiancito intentaba volver al tema. –Entonces, bueno, mirá. No me importa mucho esta mina en el sentido amoroso... o sea, todo bien, la quiero... si tuviera la oportunidad no la perdería ahora, está más que cogible la mina, pero eso no tiene nada que ver. La cosa es que de dos meses ponele, a esta parte, la mina no dio señales de vida, ni mucho menos. O sea, creo que debería de tener algo de respeto, digo, ella en un momento agarró y me dijo... –ahora quién era interrumpido era Oscar. Los tres fueron interrumpidos una vez. –Si, ya sabemos todo el quilombo, ahora, ¿Qué pasa conmigo? –Fabián estaba algo inquieto ya, la conversación de vez en cuando tendía a perderse por las ramas, y eso pasaba siempre. –Entonces, viste que uno, cuando pasa algo así, se pone medio melancólico... no digo triste, sino, así como melancólico, ¿viste? Entonces agarraba el otro día y pensaba que yo me muero, ¿no? No me preguntés porqué, así como a veces agarro y pienso en tu hermana, ahora agarré y pensé que me moría... – –¿De qué te morías? –quiso saber Ángel. –No sé, pensaba que me pegaban un tiro por la calle, o que me enfermaba de no sé qué cosa... ponele que me enfermo de algo que me dan un par de semanas de vida, porque eso también lo pensé... – –¿Tan al pedo estuviste esta semana? –Fabián ya volvía a distenderse, aunque sin razón aparente. –Si, masomenos, un poquito. Eso fue re triste porque pensaba que me quedaba en un hospital, ¿no?, y me moría, me quedaban pocos días, no sé, una semana, y entonces me despedía de todos, así de a poco. Venían mis viejos, y mis hermanos, y mis sobrinos, y no entendían qué pasaba, y me preguntaban porqué no estaba en casa, y yo les decía que iba a hacer un viaje... –la voz de Oscar temblaba un poco con esto último, pero no perdía de su cara una sonrisa, como si estuviese hablando sobre una anécdota graciosa, como la de engañar a Edgardo por el teléfono haciéndose pasar por una mina en Bariloche. –Nosotros no, ¿no? –Dijo Ángel –Si, ustedes también. Pero antes iban, ponele, venían Natalia, venían algunos pibes del secundario. Venía esta piba, y no me sentía mal, no sé como se había enterado esta piba. Pero cuando venían ustedes y se iban, y pensaba que no los veía más, me puse mal. Quizás porque a los únicos que imaginé yéndose por la puerta fue a ustedes. – –Me emocionás boludo.- dijo Fabián, fingiendo una lágrima. –Si, brindemos por eso – propuso Ángel. Los vasos de Gancia ya quedaban sólo con restos de la pulpa del limón, y algunas pepas. –Si, si... pero bueno, no lo que yo decía es que: Me muero, ¿no? Y si bien con esta piba no hablamos mucho ahora, no sé, me da algo que no se entere. Y pensaba, por ahí agarra y me llama y pregunta por mí, y en mi casa atiende mi vieja, se larga a llorar, viste. O mi viejo, y le cuenta así como pidiendo perdón casi. Y no sé si quiero que sea así. Entonces digo “que vaya uno de los pibes y cuente”. Y pensé en Angelito primero, porque no sé. Es como que puede tener más tacto, ¿viste? – –Claro, yo no sé cómo tratar una minita –dijo Fabián. Sus palabras no tenían resentimiento. –Y no –dijo Oscar. –Claro, ven, en cambio yo voy, le digo así suavemente, le ofrezco mi hombro para que llore... –mientras hablaba, Ángel hacía el gesto de mostrarse dispuesto a consolar a la chica. –Bueno, ves, eso es lo que no quiero. O sea, todo bien, somos amigos, estaría bueno que vayas y te la cogas, todo lo que quieras... pero en definitiva no quiero que lo termine pasando bien, o sea. Te repito, no estoy para nada angustiado ni resentido, pero que sufra un poco, viejo. Y pensé “¿quién es más hijo de puta?” Y en seguido me respondí que “Y, el más hijo de puta es Fabián”. Entonces, vos vas y le contás, “mirá, acá Oscarcito agarró y se murió, y vos lo trataste como escoria, porque blablabla” Y entonces la mina ponele que empieza a llorar, y no creo que vos puedas dártelas de que la vas a consolar... en cambio, Angel agarra y se aprovecha de la mina, y me daría no sé qué... – –Qué bueno, estás muerto y no puedo comerme a esta mina si se me da la oportunidad – –Y eso que la mano no viene como para desperdiciar estas chances claras de gol – –Si, pero bueno... ¿vos irías si te lo pido? – –Por mí, no hay problemas –dijo Fabián. –Igual vas a estar muerto, ¿qué te vas a enterar? –Ángel se levantaba y llevaba los vasos vacíos a la cocina. –Resentido –dijo Oscar y largó una risa rápida y profunda. –¿Y tengo que ir a decirles a todas? –preguntó Fabián. –Y si –respondió Oscar. –Pensé en esta sola, pero estaría que vayas y le cuentes a todas – –Tengo que ir a decirle a las otras dos entonces –la risa que siguió este comentario, fue compartida por ambos. Ahora Ángel volvía con una bolsita de bizcochitos agridulces, varios alfajores y un encendedor. –No, esos déjalos para el mate, para después –reprochó Oscar. –Si, total tenemos como una semana ¿no? –acotó Fabián. –Si, ¿pero el fin de semana salimos? –quiso saber el dueño de casa. –Ah, no sé... tenemos que comprar más cosas mañana... –reflexionó Fabiancito. –Si... ¡que vacaciones nos estamos pasando!, ¿no? –dijo Oscarcito en un tono irónico. –Bueno, si no te gusta andáte –dijo Ángel, volviendo a la cocina a dejar la bolsa de bizcochitos. -Eso. Y morite por la calle así los pendejos de afuera te terminan cogiendo a vos –agregó Fabián, que se había vuelto a entusiasmar con el partido de afuera. Fabián se dedicó a desenroscar el tequila, y a servir las medidas en los pequeños vasos. Cuando volvió Ángel, cada uno se colocó un poco de sal en el espacio existente entre los dedos pulgar e índice. Tomaron un trozo de limón con esa misma mano salada y con la derecha elevaron sus tragos, al grito de “salú”. Chuparon la sal, de un trago bebieron el seco líquido y sus gargantas se sintieron abrazadas. Mordieron su torreja de limón, y hablaron sobre cuánto tiempo llevaban sin hacer eso, al tiempo que el humo comenzaba a subir.

domingo, 13 de mayo de 2007

Gran Hermano VIP


Apuestas


¿Cuánto tiempo tardará el Roña Castro en darle una buena trompada a Hernán Caire? ¿Y al ignoto participante de operación triunfo? ¿Y a Peluffo?

lunes, 7 de mayo de 2007

Rock



Mollo dijo: "Desde que pasó (la tragedia de Cromañón), está todo igual, sólo que cerraron algunos teatros donde nunca se tocó rock, lugares con capacidad para 50 personas donde se presentaban artistas alternativos".


Entonces, ¿dónde tocaban las bandas under de rock? ¿En playas? ¿En estadios de fútbol? ¿En Garages acondicionados? O acaso algunos de los "artistas alternativos" que tocan para 50 personas no merecen el rótulo de "banda de Rock".


En ese mismo pensamiento, Divididos cuando empezó o cuando sacó Otroletravaladna, no era la Aplanadora del Rock, sino, la 'Aplanadora de los artistas alternativos que no llegan a ser banda de rock porque tocan para 50 personas'.




martes, 1 de mayo de 2007

Exageración

Exagerar: tr. e intr. Dar proporciones excesivas
a lo que se dice o hace, encarecer, aumentar mucho una cosa
sin someterse a la realidad ni a la verdad.
Diccionario de la lengua española © 2005 Espasa-Calpe S.A., Madrid*
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Cerca de las 3 de la mañana, el hombre se levantó de la cama, no podía dormir, y el colchón de dos plazas era terriblemente grande en ese momento, sensación que se amplificaba con la oscuridad que daba la luz de la luna. Fue hacia la cocina, convencido de que quizás algo fresco le trajera un poco de claridad al sueño. Hacía ya varias noches que dormía mal, sin conocer mucho el por qué. Previa excursión al baño, dónde se enfrentó un rato al espejo. Miró sus ojos, sus retinas, la garganta, examinó su temperatura con el dorso de la mano sobre su frente y luego con la palma en la cabeza. Nada parecía estar fuera de lo normal, no parecía estar enfermo, de no ser por las ojeras que se dibujaban bajo sus ojos. Ese detalle por un momento le dio algo de pena. La peor pena que hay es la que se siente por uno mismo.
Finalmente llegó a la cocina, no sin antes tropezarse con la punta de la mesita ratona, dándose en las canillas, y emitiendo un agudo grito seguido de un insulto por todos conocidos. Eso lo llevó unos pasos rengueando hacia su destino. Prendió la luz, y la bombita acribilló sus pupilas, por lo que decidió apagarla, con un evidente rostro de fastidio. Abrió la heladera, y sacó una jarra con agua. Lo único fresco que se podía encontrar en toda la casa. Buscó los vasos, pero no estaban dónde siempre. Uno, solitario y descansando boca abajo, estaba sobre la mesa. Los vasos de cristal, color verde casi, que habían comprado en un bazar de Flores. Pocos habían sobrevivido en esos últimos meses, y este era el único que parecía haber sobrellevado su destino de ser útil el mayor tiempo posible. Vertió el agua en el vaso, y por un instante, por una milésima de segundo, sonrió, al ver cómo el agua caía, como se pasaba de un recipiente al otro hasta llenar el vaso. El ruido inconfundible del líquido cayendo, tan puro, tan único. Dejó la jarra en la mesa, suspiro largo y profundo y miró aquél vaso, o su contenido, sin pensar demasiado, sin atrapar los pensamientos que volaban por su cabeza, sabiendo que siempre eran los mismos. Comenzó a beber, y los primeros sorbos saciaron su pobre sed. Sin embargo se dio a la misión de terminar con toda el agua servida, de un sorbo, sin dejar de beber. Así comenzó a inclinar su cabeza, como s le hubiesen contado un chiste muy bueno, y la risa lo empezara a doblar. El brazo acompañaba el movimiento de la cabeza, lento, la garganta seguía tragando el agua, emitiendo de vez en cuándo sonoros ruidos, semejantes a los de una bestia roncando. Mantenía los ojos cerrados, pero los abrió en cuanto notó algo extraño. Sin dejar de beber, le pareció que el agua era demasiada. No sólo para su sed, sino también para lo que era el vaso. Es imposible que el vaso tenga más agua que la que puede aguantar, sin embargo, así parecía. No podía mantener el agua en su boca, y el líquido comenzaba a escapársele por los costados, mojando su camiseta. Se escuchaba cómo algunos charquitos se formaban en el piso. Tambaleó un poco, y con su otra mano buscó a tientas un lugar para sujetarse, pero sin dejar de beber. El agua incluso ya se metía por sus fosas nasales, impidiéndole respirar con facilidad. Una tos parecía querer subirle por la garganta, pero no podía abrirse paso ante el avance de las aguas. El miedo entró en él, y no podía mantenerse en pie; la silla a la cual había acudido para sujetarse había resultado un fracaso, y ya perecía en el suelo. Sintió los ojos hinchados, la garganta no podía almacenar tanta agua y los pulmones comenzaban a llenarse también. No pudo bajar su brazo, no sentía casi el contacto de su boca con el del vidrio, sino que todo se había transformado en agua. En su camino hacia atrás, chocó contra la mesada, y cayó pesadamente en el piso, golpeándose la espalda y la cabeza, que se abrió en una herida sangrante y profunda al darse contra el mármol. El dolor fue terrible, pero la sensación más aterradora seguía siendo la de los pulmones llenos de agua. No podía gritar, no podía siquiera respirar o moverse demasiado como para hacer un escándalo de ruidos que trajeran a alguien. No supo si su mano seguía manteniendo el vaso en la boca, cuando su brazo restante, el izquierdo, dejó de moverse, y se quedó a su lado, como esperando un abrazo. Sus piernas tampoco pataleaban como unos segundos atrás, un calambre se adueñó de las pantorrillas y los músculos se tensaron hasta, casi, estallar. Las venas se marcaron en su cuello, sobre todo, y en la sien. Los ojos permanecían hinchados, buscando en el techo alguna solución. Una niña pasó por su cabeza, con un vestido celeste, y un moño en su cabello casi albino, sonreía y gritaba “Papi, papi, vení conmigo”. Absurdo, él no tenía hijas. Pero pensó en tenerlas con ella, que ahora seguramente dormía en alguna cama ajena, y bebería su jugo de frutas en un vaso de cristal verde. Pensando en aquella instancia dejó de luchar. De a poco fue cerrando los ojos, sin poder siquiera razonar cuán estúpido era ahogarse en un vaso de agua.